Saltar al contenido

Grandes mujeres que participaron en la creación de Nueva España

Por J. Merino.

Índice

    Grandes mujeres de la conquista que merecen un homenaje

    En las últimas semanas hemos publicado en sendos artículos el papel que en la conquista del Imperio Azteca y la creación del Virreinato de Nueva España tuvieron dos importantes mujeres, La Malinche y María de Estrada. Pero no fueron las únicas mujeres que participaron en este importante hecho histórico, sino que hubo otras que, bien cumpliendo un papel menor o bien porque se han preservado hasta la actualidad menos documentos o reseñas de lo que realizaron, son menos conocidas que las anteriores. Descubramos a las demás componentes de la hueste de Hernán Cortés, y que compartieron las aventuras en aquellas tierras con el hidalgo extremeño, María de Estrada y La Malinche.

    Beatriz y Francisca de Ordaz

    Ambas son hermanas del explorador Diego de Ordaz, que participa en la conquista del Imperio Azteca junto a Cortés y pasará a la historia por ser el primer europeo en coronar el volcán mejicano Popocatépetl. 

    Ambas hermanas pudieron nacer en Castroverde de Campos, al igual que su hermano, en la actual provincia española de Zamora.

    La crónica de Cervantes de Salazar ubica la llegada de las hermanas a las costas aztecas junto con la tropa de Pánfilo de Narváez. En la misma se refleja los insultos que ambas dirigen a los hombres de Narváez al ser derrotados en una rápida batalla que dura en torno a una hora, por los hombres de Cortés. 

    Unas mujeres, que la una se decía Francisca de Ordaz y la otra Beatriz de Ordaz, hermanas o parientes, asomándose a una ventana, sabiendo que Narváez era preso y los suyos rendidos sin armas, a grandes voces dixeron: «¡Bellacos, dominicos, cobardes apocados que más habíades de traer ruecas que espadas; buena cuenta habéis dado de vosotros; por esta cruz que hemos de dar nuestros cuerpos delante de vosotros a los criados destos que os han vencido, y mal hayan las mujeres que vinieron con tales hombres!”

    Cervantes de Salazar
    Una de las grandes mujeres de la historia hispana, María de Estrada.

    Ambas participan posteriormente de forma activa en los combates, desde que se incorporan (a pesar de lo que dijeron según Cervantes de Salazar) a la tropa de Cortés. Francisca estaba casada con otro de los compañeros en la conquista, Juan Ponce de León (algunas crónicas le denominan Juan González de León); y Beatriz con otro de los conquistadores Hernando Alonso de Aguilar, de profesión herrero y que era judío converso.

    Francisca parece que tras la conquista, se establece en la encomienda que a su marido le asignan como recompensa en Tecámac, y pasa ahí el reto de sus días. 

    Recreación del Tenochtitlán que encontraron los españoles en el S.XVI
    Ciudad de Tenochtitlán

    El marido de su hermana Beatriz, Hernando, muere durante el asedio a Tenochtitlán, y de ella no se tienen más datos acerca de qué fue de su vida tras la caída de la capital mexica.

    Isabel Rodríguez

    Los datos de esta conquistadora son escasos, pues no se sabe dónde exactamente en la Península Ibérica nace. Lo que sí se sabe es que parte a La Española junto con su marido, llamado Miguel Rodríguez de Guadalupe. Un tiempo después pasan a Cuba, donde se asientan hasta que se incorporan a la tropa de Pánfilo de Narváez que debía apresar a Cortés.

    Se pasa junto con el resto de los españoles a las filas del extremeño, destacando por su pericia en el tratamiento de las heridas de guerra que, tanto españoles como aliados tlaxcaltecas, cholultecas y de las demás poblaciones indígenas que se rebelan contra Moctezuma, sufrían en los combates. Este conocimiento médico no se sabe dónde lo obtiene, pero además parecía tener un talento innato y natural para la curación de enfermedades y heridas.

    Cortés crea una unidad militar de enfermería

    El aprecio que le van tomando tanto españoles como indígenas le hace ganar la atención de Cortés, al que propone, tras luchar valientemente en primera línea en la Batalla de Otuba, crear una especie de unidad militar de enfermeras, que asistiría a los combatientes en campaña.

    Tras recibir la aprobación, se dedica a entrenar y coordinar a las diferentes voluntarias que se presentan de las mujeres que participan en las operaciones, sin distinguir entre españolas e indígenas. Entre ellas destacaremos algunas de las que aparecen en este artículo, como son Beatriz de Palacios, o Beatriz González.

    Conviene no olvidar que estas mujeres, aunque en determinados momentos tuvieran sólo el rol de ser las enfermeras de los combatientes, muy frecuentemente se las podía encontrar con las manos ocupadas con utensilios poco propios de las labores médicas, como son la espada y la rodela.

    Tocadas con su celada y vestidas con su corazas, no dudaban en entrar en combate y luchar valientemente hombro con hombro con sus maridos y el resto de compañeros de aventura.

    Volviendo a nuestra Isabel, la fama que obtiene por su habilidad en la curación de heridas llegó a tal extremo que llegaron a pensar que era capaz de obrar milagros, pues según el cronista de la época:

    “…les ataba las heridas y se las santiguaba, diciendo: «En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, un solo Dios verdadero, Él te cure y te sane». Lo cual no hacía más de dos veces, y muchas no más de una; y acontecía que los que tenían pasados los muslos iban otro día a pelear”.

    Juan de Torquemada

    Durante el asedio de Tenochtitlan no mengua su esfuerzo en lo relacionado con la asistencia sanitaria a los heridos del bando de Hernán Cortés, y fue tal su labor que la Corona le concede, una vez finalizado el asedio y tras estudiar los testimonios de sus pacientes, el título de médico honorario.

    Esto conllevaba también intrínseco el derecho a practicar la medicina en las tierras recién incorporadas a la Corona Española. Esto es especialmente relevante pues en el siglo XVI esa profesión era exclusiva de los hombres, por lo que se puede decir que Isabel Rodríguez fue la primera mujer médico del Continente Americano, y la primera mujer médico registrada oficialmente como tal.

    Tras el fallecimiento de su primer marido, vuelve a casarse. Y con su segundo marido se establece hasta su muerte en la ciudad de Tacubaya, donde se le habían concedido tierras. Hasta el fin de sus días continuó con su labor de médico en esa población, asistiendo tanto a españoles como a indígenas, ganándose el respeto y admiración de todos.

    Beatriz de Palacios, “La Parda”

    No se conocen los orígenes de Beatriz de Palacios. Por el apodo y por las crónicas sabemos que era mulata, y que estaba casada con Pedro de Escobar. Arriba al territorio mejicano en 1520 al mismo tiempo que la mayor parte de las mujeres de este artículo, junto a la tropa de Pánfilo de Narváez. 

    Llega junto a su marido, a quien asiste y a quien sustituye en algunas guardias, y al igual que el resto de mujeres, participa como combatiente en algunas acciones de la conquista. Las crónicas de la conquista dicen de ella lo siguiente: “Beatrix Palacios, parda, muger de Pedro Escobar. Vino con Narváez. Esta hacia el cuarto de guardia con su marido, le ensillaba el caballo y combatía a su lado.

    Otra de las grandes mujeres en la conquista de Nueva España

    Sin embargo, donde desempeña un papel más relevante fue en el cuerpo de enfermeras que Isabel Rodríguez forma tras la batalla de Otumba. Durante el asedio a Tenochtitlán cuando más empeño deben poner las componentes de la unidad de enfermeras en el tratamiento de los heridos españoles y aliados. Hay que destacar que, a pesar del color de su piel y sus orígenes afroespañoles, gozó de gran aprecio entre los conquistadores y aliados. Su participación activa en los combates y su asistencia médica cuando fue necesario le granjea el aprecio de todos ellos.

    Tras la conquista, Beatriz Palacios regresa junto a su marido a la isla de Cuba, donde se establecen definitivamente y acaban sus días. 

    Beatriz Bermúdez de Velasco, “La Bermuda”

    Nuestra tercera Beatriz viaja al Nuevo Mundo junto a su marido, Francisco de Olmos del Portillo. Se cree, por las escasas referencias que hay, que pudiera ser de origen noble, aunque no se tiene constancia de su lugar de nacimiento ni se tienen más referencias de su vida anterior.

    Llega, acompañado a su marido, a las tierras mexicanas en la expedición de Pánfilo de Narváez en 1520. Esta expedición, enviada por Diego Velázquez, gobernador de Cuba, tenía como misión el apresamiento de Hernán Cortés, aunque como vimos en el artículo dedicado a La Malinche, los presuntos captores se pasan al lado del extremeño. Junto a su nuevo líder, participa al lado de su marido en diversas acciones, aunque la más importante quizás sea la que realiza durante el asedio de Tenochtitlán. En un momento de la batalla en que varios españoles y aliados indígenas se retiraban de manera desordenada de los guerreros aztecas, nuestra valiente castellana les arenga, haciéndoles volver a la lucha. Esta acción, propia de alguien acostumbrada a mandar,  impresionó tanto al cronista Francisco Cervantes de Salazar que lo reflejó en su Crónica de la Nueva España de la siguiente manera:

    …Beatriz Bermúdez que entonces acababa de llegar de otro real, viendo así españoles como indios amigos todos revueltos, que venían huyendo, saliendo a ellos en medio de la calzada con una rodela de indios e una espada española e con una celada en la cabeza, armado el cuerpo con un escaupil, les dixo: ¡Vergüenza, vergüenza, españoles, empacho, empacho! ¿Qué es esto que vengáis huyendo de una gente tan vil, a quien tantas veces habéis vencido? Volved a ayudar a socorrer a vuestros compañeros que quedan peleando, haciendo lo que deben; y si no, por Dios os prometo de no dexar pasar a hombre de vosotros que no le mate; que los que de tan ruin gente vienen huyendo merecen que mueran a manos de una flaca mujer como yo”.

    Francisco Cervantes de Salazar

    Huelga decir que vuelven a la lucha con renovados ímpetus, tantos que el cronista Cervantes de Salazar destaca que salen victoriosos los españoles tras una reñida batalla, en la que, muy probablemente y dado que vestía con protecciones propias de cualquier otro combatiente, participara La Bermuda activamente. 

    Tras la victoria, participa en el banquete de celebración por la toma de Tenochtitlán, y tras este hito, poco más se sabe de su vida. No quedan más referencias en los documentos existentes o que se han conservado hasta la actualidad, por lo que lamentablemente no conocemos dónde se estableció tras las conquista, si tuvo descendencia, o dónde está enterrada para el eterno descanso de su alma. Ojalá se produzca en un futuro no muy lejano algún descubrimiento que nos pueda desvelar más datos de La Bermuda para que pueda ocupar su lugar en la Historia.

    Beatriz González.

    La cuarta Beatriz de la lista, que no será la última, tuvo un papel esencial para las tropas de Cortés. Era una de las mejores enfermeras con las que contaban los españoles y sus aliados. 

    Se conocen pocos datos de Beatriz González, pues es desconocido su lugar de nacimiento, aunque se cree que al igual que su marido Benito de Cuenca, sean originarios de Jerez de la Frontera. Parten juntos hacia América, arribando a las tierras que serán Nueva España formando parte de las fuerzas de Pánfilo de Narváez que debían arrestar a Cortés. Sin embargo, al igual que el resto de esa fuerza (excepto Narváez, que fue el que finalmente fue arrestado), se pasa al bando de Cortés. 

    A partir de ese momento, el matrimonio participa en las acciones bélicas de Cortés, incluyendo la Noche Triste. Aunque donde Beatriz alcanza sus mayores reconocimientos es durante el asedio a Tenochtitlán. 

    La principal fuente de estos hechos es la Crónica de la Nueva España, del ya mencionado Francisco Cervantes de Salazar, que nos narra cómo curaban a los heridos utilizando aceite o grasa caliente.

    Beatriz y su marido, por las acciones realizadas, reciben una encomienda a orillas del río Pánuco, en la que tras unos reveses iniciales, finalmente prosperan, teniendo dos hijos.

    María de Vera

    Hay muy poca información de esta mujer, pues se desconoce sus orígenes. Parece que llega a Veracruz en 1521 y pasa a formar parte del personal de servicio del propio Hernán Cortés. De hecho, es quien pone el sudario al cadáver de Catalina Suárez, la esposa del conquistador. Las crónicas de la época dicen de ella que era mujer valiente y sabia, por lo que se puede deducir que, al igual que las compañeras anteriores, participa activamente en los combates que se llevan a cabo. Aunque, por lo que se adivina de las crónicas, su labor principal pudo ser el asegurar el aprovisionamiento de las  tropas durante el asedio de la capital. Tuvo que tener un papel importante, pues se le asignan 300 pesos tras la caída en manos españolas de Tenochtitlán.

    Beatriz Hernández

    La relación de esta mujer con Nueva España es posterior a su conquista, en concreto con la fundación de la ciudad de Guadalajara (Jalisco).

    Estatua en homenaje a Beatriz González

    Poco se sabe de dónde procede Beatriz Hernández, y el por qué ha logrado un lugar en la historia es algo curioso. 

    Acompaña a Cristóbal de Oñate (padre del que será el conquistador de Nuevo México, Juan de Oñate) y Antonio de Mendoza en una expedición para fundar una ciudad en el occidente del territorio de Nueva España y así garantizar la seguridad del virreinato. Era una base de operaciones para evitar levantamientos indígenas.

    Tras tres intentos de asentamiento, en los que las pocas posibilidades que ofrecía el terreno para los cultivos o la gran resistencia de los indígenas, finalmente se decide fundar la ciudad de Guadalajara en el asentamiento que ocupa en la actualidad. 

    El 14 de febrero de 1542, las 63 familias que siguen a Oñate y Mendoza fundan la ciudad. Cuentan las crónicas que estaban atemorizados, por los ataques recibidos en los anteriores asentamientos, y no muy de acuerdo con asentarse en ese lugar pues la tierra no era de calidad y no había mucha agua, aunque por su ubicación, fuera más fácil la defensa.

    Oñate, para declarar fundada la ciudad en nombre del Rey, clavó su cuchillo en un árbol. Parte de los componentes de la expedición protestaron, pues aún tenían presentes los ataques sufridos anteriormente. Pero sobre las protestas se elevó la voz de Beatriz, que les dijo: “¡Gente, aquí nos quedamos, el rey es mi gallo y aquí nos quedamos por las buenas o por las malas!”

    Finalmente se quedan allí, convirtiéndose la ciudad de Guadalajara años más tarde en la capital de Nueva Galicia. 

    Como reconocimiento al grito de Beatriz, se le erigió una estatua en su Guadalajara.

    Mis Conclusiones:

    El papel de la mujer en los primeros años de la conquista de los territorios de la órbita azteca es muy desconocido. Hay que tener en cuenta que para emigrar al Nuevo Continente hacía falta permiso de la Corona, y no es hasta unos años después del descubrimiento que se permite que las mujeres viajen hasta las nuevas tierras. 

    Principalmente iban con sus maridos o sus padres, y para las solteras, era muy complicado conseguir el pasaje, y bastante más caro que para el resto de mujeres. Si recordamos el artículo de Inés Suarez, vemos que le costó unos 10 años conseguirlo, y era para reunirse con su marido.

    En definitiva, en las primeras décadas la emigración femenina supuso entre un 5 y un 15% del total de españoles peninsulares emigrados a América. Entre las emigradas había mujeres que se conformaron con el rol que tenían en esa época la mayoría de ellas, otras pocas emprendieron negocios como posadas, tabernas, telares, y una miríada más de profesiones, y las menos se liaron la manta a la cabeza y decidieron escribir un destino para ellas diferente. 

    El papel que desempeñaron las mujeres de este artículo fue excepcional, pues lo mismo estaban ejerciendo de enfermeras, cosa que podía ser más habitual en la época, como estaban espada en mano luchando junto a los hombres, en pos de la victoria, la supervivencia y la fortuna. María de Estrada, La Parda, La Bermuda, Isabel Rodríguez y otras que no conocemos y que lucharon y murieron por labrarse un destino diferente al que se esperaba de una mujer de esa época se hicieron merecedoras de estas palabras, que las describen a la perfección:

    “Hiciéronse célebres en estas entradas algunas mugeres españolas que acompañaron voluntariamente á sus maridos, y que con los continuos males que sufrían, y con los ejemplos de valor que tenían siempre á la vista, habían llegado a ser buenos soldados. Hacían la guardia, marchaban con sus maridos, armadas de corazas de algodón, espada y rodela, y se arrojaban intrépidamente á los enemigos, aumentando, no obstante su sexo, el número de los sitiadores. […] Estas mugeres se llamaban María de Estrada, Beatriz Bermúdez de Velasco, Juana Martín, Isabel Rodríguez y Beatriz Palacios”.

    Ojalá se encuentren más testimonios que puedan ampliar lo poco que se sabe de estas mujeres, y conocer las hazañas de otras muchas que, olvidadas por la historia, se desconocen y fueron esenciales para llegar al mundo que hoy conocemos.

    Bibliografía que seguro que te interesa

    Otras mujeres que hicieron España aún más grande