Saltar al contenido

Francisco de Orellana, el explorador del Río Amazonas

Índice

    Biografía de Francisco de Orellana

    Francisco de Orellana nació en Trujillo, España, en el año 1511, siendo el explorador y conquistador español a quien se le atribuye el descubrimiento de la selva amazónica. Todo esto además de haber sido la primera persona en navegar el río más caudaloso de todo el mundo, el Río Amazonas.

    Orellana es un personaje que, aunque sea poco conocido, o, al menos, no tan conocido como Hernán Cortés o Francisco Pizarro, fue el protagonista de uno de los episodios más brillantes de la historia española en la exploración y conquista del nuevo mundo.

    Poco se conoce acerca de quiénes serían los padres de este celebre explorador, lo que si se conoce es que la abuela de Francisco formaba parte de la familia Pizarro, por lo que, tanto por su ciudad natal como por su linaje familiar, era lógico que terminará explorando territorios americanos.

    Orellana y sus primeras aventuras

    Con respecto a la infancia de Orellana, tampoco existen muchos datos que puedan dejar saber más de él y de cómo fueron los primeros años de su vida. De lo que si se tiene certeza es que desde niño quiso seguir los mismos pasos de sus paisanos conquistadores, ya que, siendo aún muy joven, en 1527, decidió trasladarse hasta tierras americanas para formar parte de la hueste de su pariente, Francisco Pizarro.

    Junto a él batalló y fue participe en la conquista del Imperio de los Inca, dejando ver que era un soldado con habilidades y sobre todo con mucho ímpetu. También es cierto que ese mismo ímpetu que, en cierta ocasión, jugó en su contra, llegando a perder un ojo en una batalla contra los indios Manabí.

    Antes de tan siquiera cumplir los 30 años, Francisco de Orellana ya había participado en la colonización del Perú, había fundado la ciudad de Guayaquil y, según los cronistas e historiadores, poseía una muy buena riqueza.

    No era de dudarse que, al estallar la guerra civil entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro por el dominio de los territorios españoles en el Nuevo Mundo, Orellana se decidiera por apoyar el bando de su pariente. Logró organizar un modesto ejercito e intervino en la conocida batalla de Las Salinas, donde fue derrotado Almagro.

    Luego de eso, Orellana se retiró a sus tierras ecuatorianas y desde el año 1538 se desempeñó como gobernador de Santiago de Guayaquil, así como también de la Nueva Villa de Puerto Viejo, transcurso de su vida en que se distinguió por su carácter emprendedor y por su gran generosidad.

    Dedicó parte de su tiempo a estudiar lenguas indígenas

    Francisco de Orellana era una persona muy inteligente, de eso no cabe la menor duda. Tanto es así, que fue uno de los exploradores que hizo algo verdaderamente encomiable, singular y, sin duda, de gran genialidad: debido a que deseaba enormemente dedicar su vida a explorar aquellos territorios nuevos, creyó muy importante y necesario aprender las lenguas indígenas y se dedicó concienzudamente a estudiarlas.

    El afán de querer aprender las lenguas de los indígenas, que sin duda es algo admirable que le honra y además le distingue de los demás conquistadores, le ayudaría en gran medida a que alcanzara su ansiada gloria.

    Juan de Orellana pudo haber vivido su vida rodeado de paz, tranquilidad y prosperidad, pero ni las riquezas de su estable economía ni el bienestar ni la tranquilidad podían calmar su sed de aventura ni apaciguar sus ganas de explorar y de descubrir nuevos horizontes.

    Es por ese motivo que, cuando se enteró que el entonces gobernador de Quito, Gonzalo Pizarro, se encontraba organizando una expedición al legendario y afamado “País de la Canela”, Francisco de Orellana no dudó ni un solo segundo e inmediatamente se ofreció para acompañarlo.

    La leyenda del País de la Canela

    Las noticias, mitos y leyendas que hablaban acerca de la abundancia de esta preciada especie, para entonces casi tan preciada como el mismo oro, en las tierras del lejano oriente ecuatoriano se remontaban a una época incluso anterior a la llegada de los españoles, y eran igual de prometedoras como las que hablaban del fabuloso reino de “El Dorado”.

    Gonzalo Pizarro, el hermano menor del conquistador del Perú, estaba completamente decidido a encontrar la riqueza y la gloria en el descubrimiento de aquel prometedor País de la Canela, y con ese objetivo salió de Quito en febrero de 1541 al mando de 220 españoles y no menos de 4000 indígenas.

    Francisco de Orellana intentó reunirse con él, pero al arribar a la capital se dio cuenta de que Gonzalo ya había partido, no sin antes dejarle el encargo de que lo siguiera hasta alcanzarlo. Es así como Orellana, al frente de un pequeño grupo de 23 hombres, se dispuso a atravesar los inclementes andes ecuatorianos para alcanzar a Pizarro.

    Una travesía llena de dificultades

    Tras atravesar la altiplanicie, comenzaron las dificultades. Empezaron un lento y muy fatigoso ascenso sorteando quebradas de gran profundidad, laderas superpobladas de una maleza prácticamente impenetrable y peligrosas pendientes rocosas sin ningún tipo vegetación.

    Estando en las cumbres andinas, los expedicionarios se vieron azotados por el viento gélido y sobrecogedor, un clima realmente inclemente. Posterior a eso, después de un igualmente duro descenso, el calor excesivo y el ambiente asfixiante de la selva fue otro duro golpe que les tocó resistir.

    Finalmente, sin fuerzas y diezmados, lograban llegar al campamento de Gonzalo Pizarro, aunque no fue para nada lo que ellos esperaban conseguir.

    La decepción fue terrible. El campamento, lejos de encontrarse en un frondoso bosque lleno de árboles de canela, se encontraba en una zona muy pantanosa y prácticamente inhabitable.

    Los hombres hicieron esfuerzos por conseguir el codiciado producto, buscando por los alrededores, pero solo hallaron pequeños arbustos silvestres regados entre el follaje, de una canela que casi no tenía aroma.

    La situación cada vez se tornaba más difícil

    Tras ese decepcionante episodio, la situación de los expedicionarios españoles cada vez se hacía más insostenible. Los alimentos escaseaban y los supervivientes se encontraban muy exhaustos como para continuar con su expedición.

    En vista de que era imposible continuar avanzando por la selva, Gonzalo Pizarro tuvo una idea. Decidió seguir el curso de un río cercano con un bergantín que, por supuesto, debían construir primero.

    Francisco de Orellana Navegando junto a sus hombres en el bergantín hecho por ellos mismos

    Dicho y hecho, famélicos y empapados en sudor, los hombres de aquella expedición se apuraron a cortar árboles, preparar hornos, hacer fuelles con las pieles de los caballos y animales muertos. Incluso forjaron clavos con cuanta herradura pudieron recuperar.

    Cuando la improvisada embarcación estuvo armada, celebraron con gran alegría y entusiasmo al ver que la misma si flotaba. Sus esfuerzos daban frutos, era un rayo de esperanza que volvía a iluminarlos.

    Gonzalo Pizarro le solicitó a Orellana embarcarse junto con 60 hombres para que fueran río abajo en busca de alimentos y provisiones, teniendo en cuenta que este podría entenderse con los indígenas sin problemas en caso de encontrarlos, pues, conocía muy bien sus dialectos.

    El inicio de la verdadera aventura de Orellana

    Los 60 hombres, junto con Orellana, dieron inicio a su viaje en busca de comida, navegaron durante días, pasando por los ríos Coca y Napo, continuaron con su marcha, pero sin encontrar ningún poblado.

    Estaban tan escasos de alimentos y el hambre era tan tenaz que tuvieron que comer algunos cueros, cintas y hasta suelas de zapatos, las cuales hervían junto con algunas hierbas aromáticas para tratar de apaciguar el hambre atroz.

    Durante el transcurso de estas dramáticas jornadas, Orellana supo mostrarse firme y dar el ejemplo a la tripulación. Gracias a su mando se mantuvo la moral y la disciplina de sus hombres. Finalmente, el día 3 de enero de 1542, lograron llegar a las tierras de un cacique llamado Aparia. Este se mostró muy generoso con ellos, recibiéndolos y ofreciéndoles grandes cantidades de alimentos.

    Al ver completada la primera parte de la misión que le fue encomendada, la cual era buscar comida, Orellana dio las órdenes para emprender el regreso río arriba con el objetivo de ir en busca de Gonzalo Pizarro, quien, según lo que habían acordado, iba a descender poco a poco por la orilla del río hasta encontrarse de nuevo con Orellana.

    ¡Los hombres casi se rebelan!

    Sin embargo, los hombres de Orellana no quisieron emprender el viaje. Ellos aseguraban que sería imposible remontar la fuerte corriente con su embarcación tan insegura, y que, aun cuando lograran conseguirlo, no iban a poder cargar con alimentos, pues la humedad y el calor de la selva los echaría a perder en cuestión de horas.

    Los hombres se negaron rotundamente a sacrificar sus vidas por obedecer una orden que era prácticamente un suicidio. Orellana, ante la lógica de estos razonamientos, decidió hacer caso a sus hombres, con la condición de que esperarían entonces en aquel lugar 2 o 3 para dar tiempo a que Gonzalo los alcanzara.

    Luego de un mes de espera, y en vista de que no tenían noticias de Gonzalo Pizarro, los exploradores decidieron embarcarse de nuevo. Descendieron, notando que las aguas se hacían cada vez más turbulentas, y para el 11 de febrero vieron que “el río se partía en 2”.

    Habían llegado a la confluencia del río Napo con el Amazonas, al que bautizarían luego con ese nombre tras tener un encuentro con las legendarias mujeres guerreras.

    La exploración y descubrimiento del Río Amazonas

    Orellana fue elegido capitán de forma unánime por su tripulación, esto, al ver que las esperanzas de reunirse con Gonzalo Pizarro, quien era el verdadero jefe de la expedición, cada vez eran menores.

    Decidieron darse a la tarea de construir un nuevo bergantín, al que se le puso el nombre de Victoria, y seguir con su viaje por el río hasta llegar a mar abierto. Durante el trayecto del viaje, los heroicos y valientes exploradores enfrentaron cientos de peligros fueron atacados en reiteradas veces por los indígenas y dieron muestra de su valentía.

    Su viaje les deparó constantes sorpresas: arboles gigantescos, selvas de una muy densa vegetación y un río que se asemejaba más a un mar de agua dulce y cuyos afluentes, incluso los más pequeños, eran mucho más grandes que los más caudalosos de España. Cuando dejaron de avistar las orillas de aquel majestuoso río, Orellana ordenó navegar en zigzag para poder observar ambas riberas.

    El encuentro con Las Amazonas

    Durante la mañana del 24 de junio, día de San Juan, las embarcaciones fueron atacadas por un grupo de indios americanos que parecía estar liderado por una especie de mujeres guerreras, eran las míticas Amazonas. Al verse ante aquellas mujeres altas y vigorosas, las cuales disparaban sus arcos con gran destreza, los españoles creyeron estar alucinando.

    Durante la contienda consiguieron tomar como prisionero a uno de los hombres que acompañaban a las damas guerreras, quien les contó que Las Amazonas tenían una reina llamada Coroni, y poseían grandes riquezas. Maravillados por tan espectacular encuentro, los navegantes bautizaron el río en honor a tan fabulosas mujeres.

    Para el 24 de agosto, tras meses y meses de navegación, Orellana y sus hombres logran llegar a la desembocadura de aquel impresionante e imponente río. Estuvieron luchando contra las olas que se formaban al chocar la corriente del río con el océano durante 2 días y, finalmente, consiguieron salir a mar abierto.

    El 11 de septiembre llegaban a la isla de Cubagua, en el mar Caribe, culminando así la más impresionante circunnavegación exploratoria de los que siguieron al descubrimiento de América.

    Orellana fue acusado de traición

    Francisco de Orellana regresaría a España en mayo de 1543, luego de rechazar una tentadora oferta en Portugal de someter las regiones que había explorado en nombre del rey Juan III.

    Orellana tuvo que responder ante el Consejo de Indias por las acusaciones formuladas en su contra por Gonzalo Pizarro, quien había conseguido salir de la selva ecuatoriana y volver a Quito.

    Los cargos presentados en contra de Orellana, los cuales eran abandono, alzamiento y traición, fueron desestimados ante las minuciosas declaraciones de sus hombres, quienes dieron cuenta y fe de su rectitud y de la honradez de sus acciones.

    Al año siguiente, para 1544, Orellana se casó con una joven sevillana de buena familia llamada Ana de Ayala. Fue nombrado adelantado de la Nueva Andalucía y firmó con el príncipe Felipe las capitulaciones para una nueva expedición al Amazonas.

    Sin embargo, en las negociaciones con mercaderes, prestamistas e intermediarios, para realizar las preparaciones del viaje, Orellana fue víctima de su nobleza y su buena fe. Quien había logrado superar todo tipo de dificultades en el mundo hostil de la selva, no pudo vencer las que se le presentaban en el aparentemente amistoso mundo civilizado.

    Para la primavera de 1545, Orellana había conseguido reunir 4 naves, pero estaba en quiebra y arruinado, por lo que no podía dotarlas de lo necesario para el viaje. Dado que no había cumplido con lo estipulado en las capitulaciones, se le comunico que la expedición quedaba anulada.

    Los últimos días de Orellana

    Francisco de Orellana no pudo aceptar la deshonra de la anulación de su expedición y partió sin importar la prohibición expresa que tenia de hacerlo y sin importar el precario estado de sus naves. Incluso, durante la travesía cometió actos de piratería para por lo menos conseguir lo imprescindible.

    Para el 20 de diciembre de 1545 llegaba nuevamente a la desembocadura del Amazonas y, sin hacer caso de los consejos y sugerencias de sus tripulantes, decidió lanzarse inmediatamente río arriba a la aventura.

    El mes de noviembre de 1546 sus sueños de gloria se veían terminados en algún punto de la selva amazónica, a orillas del río al que entregó lo mejor de sí mismo. Es así como muere Francisco de Orellana, su tumba fue una cruz al pie de un árbol, en uno de los escenarios más grandiosos que se pueda imaginar.